MELLIZO DOBLE

Niño de Elche canta. Israel Galván baila. Normalmente la experiencia del flamenco aparece como humana, demasiado humana. Sin embargo, cuando arde el teatro y la piel y la carne se consumen vemos debajo el esqueleto de dos máquinas. Hay precedentes: la máquina de trovar del joven Meneses, el baile con motores de Vicente Escudero, las imágenes concretas de Val del Omar. En realidad, el flamenco es hijo de la era de las máquinas y empezó con el motor de vapor, la fábrica de textiles y el ferrocarril, acompañante a contrapelo de la revolución industrial. Por eso el malentendido entre texto y acontecimiento: donde el público ve espontaneidad hay un lenguaje estricto y reglado. Esta emoción solo es capaz de producirla una máquina. Y esa es la idea, hacer bailar al público no es otra cosa que introducirlos, hacerlos participe de la maquinaria del concierto. En competencia abierta con la técnica, como hizo Escudero con las dos dinamos eléctricas, se trata de eso, de demostrar que la sangre, el sudor y las lágrimas también son una experiencia cyborg, afectos que comparten humanos y máquinas.i el victoriano cuento de Dickens nos confrontaba con los espectros de las Navidades pasadas, presentes y futuras, las barrocas sevillanas solteras nos remiten a una primavera que no cesa, a la fiesta permanente, al espíritu del cachondeo y a aquellos fantoches a los que la Velvet Underground dedicó "All Tomorrow's Parties". Galván no baila para el pueblo, sino para el populacho. Por eso su danza sigue resultando subversiva, y por eso esta nueva obra es, toda ella, un desplante. (Miguel Álvarez-Fernández)

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CARMEN