CARMEN

El encuentro entre Galván y Carmen parece inevitable. Ambos tan abiertamente sevillanos, al menos en apariencia. Porque Carmen es un arquetipo sevillano creado en el extranjero, en Francia, de la pluma de Prosper Merimée, autor de la novela homónima, más tarde musicada por Bizet. Aunque Galván es un artista de carne y hueso, su ascenso artístico debe también al extranjero una consagración que hizo que su talento fuera revalorizado en España y en su Sevilla natal. Pero volviendo al encuentro, Galván ya ha demostrado que le gusta enfrentarse a los clásicos, como hizo con El amor brujo de De Falla y La Consagración de la Primavera de Stravinsky. Reinterpreta las obras maestras con su personalísimo estilo, a la vez intimista y perturbador, siempre velado por un humor que no pretende desmitificar sino que forma parte del juego con el mito. En este caso va a la esencia de Carmen para crear -como él la llama- una Carmen jonda, condensándola en una hora y 20 minutos: define su historia de amor a través de los tres personajes principales, no pierde la musicalidad sino que la confía a tres cantantes de ópera y una cantaora de flamenco, en una contaminación necesaria para recrear la ópera en forma de danza. Apoyando a las voces y a la coreografía, una orquesta sinfónica como cabría esperar en Carmen, pero con una pincelada irreverente e inesperada al estilo típico de Galván: las voces finlandesas de un coro masculino, Mieskuoro Huutajat Oulu. Un cortocircuito que en esta nueva ópera de Galván aporta frescura a un encuentro destinado a suceder.

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